Ariel Dorfman *
Fue hace casi cincuenta años que me tocó mi primer terremoto, el que todavía me causa pesadillas. Me encontraba, ese 22 de mayo de 1960, presenciando un partido de fútbol en el Estadio Nacional en Santiago de Chile cuando se oyó un ruido ensordecedor y, de pronto, así como así, desaparecieron las montañas. No exagero: el Estadio comenzó a mecerse como si fuera una cuna y se levantó un extremo en el aire, borrando de mis ojos la Cordillera de los Andes. Por suerte, apenas unos segundos después volvieron a aparecer las montañas y las graderías recobraran alguna mínima estabilidad. En la cancha algunos jugadores socarrones siguieron tratando de darle a la pelota y meter un gol avieso, pero ellos rebotaban más que el balón, así que el árbitro, de bruces en el suelo, dio por finalizado el encuentro deportivo. Era, qué no: acabábamos de pasar por una actividad sísmica de 9,6 en la escala Richter, la de mayor magnitud registrada hasta ese instante por los sismógrafos.